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domingo, 27 de febrero de 2011

Por qué no soy conservador

Adaptado de un artículo que encontré en la web, escrito en 1997. ¡Sigue tan vigente!

Tengo la necesidad de hacer algunas precisiones sobre la ideología conservadora, analizando el porqué sus adeptos en la izquierda y la derecha política tratan de hacer comulgar a la opinión pública con esas ruedas de molino de socialismo irredento y enmascaradas de humanitarismo y progresismo, sus ataques a la economía de mercado. Esto solo es la punta del iceberg, ya que el pensamiento y la lógica conservadora tiene alcances y consecuencias políticas, económicas y sociales muy relevantes y dignas de ser comentadas con mayor amplitud.

En una de sus obras más importantes, "Los Fundamentos de la Libertad", Friedrich August von Hayek, Premio Nobel de Ecónoma de 1974, escribió un famoso capítulo denominado "Porque no soy un Conservador", en donde explica a detalle las grandes aproximaciones de la ideología conservadora y el socialismo (esta es literatura obligada para todos a los que interesa la filosofía política, la historia, la economía y la política en sí misma).

La confusión entre conservadores, liberales y socialistas se inició formalmente a partir de que los radicales y socialistas en los Estados Unidos, empiezan a auto-llamarse liberales, situación que después se complicó aún más cuando los liberales racionalistas europeos se incorporaron como compañeros de viaje del socialismo. El verdadero problema de fondo de esta confusión es que la ideología conservadora (por su propia naturaleza) no puede ofrecer a la sociedad una alternativa a la dirección en que se está desplazando en cierto momento. A lo mucho (con su resistencia al cambio) detendrá ligeramente el curso de los acontecimientos, quizás indeseables, pero dado que esta no ofrece otra dirección, no puede prevenir que continúen los destructivos procesos contemporáneos, en donde los conservadores comparten muchos conceptos del intervencionismo estatal, el proteccionismo y la tercera vía, ya que sin tener metas fijas, creen que la solución está en medio de los extremos del estatismo y el autoritarismo político. Es así como se explica ese doble estándar que practican muchos conservadores. Por un lado, aplican un enérgico centralismo económico y fiscal y por el otro, se escudan detrás de ese sospechoso federalismo político frente a las prácticas antidemocráticas de los caciques regionales ultraconservadores.

Los conservadores, se oponen a la evolución y al cambio espontaneo, por lo tanto son enemigos naturales del crecimiento libre de la sociedad en todos sus ángulos: sociales, políticos y económicos. Esto no significa que no se puedan defender las garantías individuales, los derechos de propiedad, la libertad y la democracia mediante instituciones creadas espontáneamente y ya establecidas (como son el lenguaje, la ley, la moral, etc.) siempre y cuando, estas respondan adecuadamente a esos principios políticos y valores antes enunciados.

Tanto el miedo al cambio, como la desconfianza a todo lo nuevo, es típico entre los conservadores. El valor y la confianza no anidan en los corazones conservadores. Por lo mismo, se inclinan continuamente por usar el poder del gobierno para prevenir el cambio o para disminuir su ritmo y no tienen fe en las fuerzas espontaneas de ajuste a los cambios. Por eso desconfían de la fuerza reguladora de los mercados. Por eso atacan despiadadamente a la economía de mercado junto con los empresarios justicialistas, keynesianos emboscados y los marxistas trasnochados. El principal obstáculo para el funcionamiento libre de los mercados, es la inhabilidad omnipresente que tienen los conservadores para concebir que se puede lograr el necesario balance entre oferta y demanda, entre exportaciones e importaciones, entre creación y distribución de riqueza, etc. sin un control deliberado del Estado. Los conservadores solamente se sienten seguros y contentos, si se les asegura que una sabiduría superior (el Estado) observa y supervisa que el cambio se haga en forma "ordenada".

Otra característica de los conservadores, es su proclividad por la autoridad y su falta de comprensión de las fuerzas económicas, ya que desconfían tanto de la teoría como de los principios económicos fundamentales. El orden es para ellos, el resultado de la permanente injerencia de las autoridades, lo que explica la histórica y conocida complacencia de los conservadores con el autoritarismo presidencial, que tanto hemos sufrido en Latinoamérica. Su preocupación principal no radica en la disminución del poder, sino que el mismo (aunque sea excesivo) se mantenga acotado dentro de ciertos límites y no le dan la importancia que merece a la coerción y al poder arbitrario, siempre que se use para fines "apropiados". Los conservadores, siempre oportunistas y ausentes de principios y dirección, confían en que solo los sabios y los buenos gobiernen, sin preocuparse tanto en limitar el poder del Estado, como en quien lo ejercita. Así buscan imponer los valores en los que creen, sobre el resto del pueblo.

Afirmar que no tienen principios, no significa que no tienen convicciones morales. Por el contrario, tienen muy fuertes convicciones de ese tipo, pero carecen de principios políticos que permitan, con un mínimo de fuerza, la co-existencia pacifica en la sociedad de otros valores a los de ellos. Para ello se requiere comprometerse intelectualmente con un sistema de orden, en el cual, aquellos asuntos fundamentales para unos, por otros medios, también puedan resolverse para otros. Dicho en otra forma, las convicciones morales que conciernen a la conducta y que no interfieran directamente en la esfera privada de otras personas, no justifican el uso del poder o la coerción. Por tanto, tampoco se justifican los privilegios, los monopolios o el uso de la fuerza del Estado para proteger selectivamente a algunos, contra las fuerzas del cambio.

En materia de democracia, esta debe ver al gobierno de la mayoría, como un medio, no un fin y como la forma menos perjudicial de gobierno, entre aquellas en que tenemos para escoger. El peligro no es la democracia como lo piensan los más rancios conservadores, sino el gobierno ilimitado y el ejercicio ilimitado del poder. Los grandes poderes que otorga la democracia serían más intolerables aún, si quedaran en manos de una pequeña élite. Lo importante no es quien gobierna, sino que es lo que al gobierno le está facultado hacer.

Los conservadores son usualmente proteccionistas en materia económica, industrial, comercial y agrícola especialmente, lo que los identifica y aproxima al "liberalismo social" escondiéndose tras un cínico pragmatismo, en el cual solo aprueban lo que ha sido comprobado por la experiencia, para resistir al cambio, y como no creen en el poder de los argumentos, se escudan en una sabiduría superior que se arrogan ellos mismos. Como afirma Disraeli: "¿No es acaso el hombre práctico, el que practica el error de sus predecesores?”. No todo lo nuevo es necesariamente benéfico, pero el avance del conocimiento es uno de los objetivos del esfuerzo humano para resolver sus problemas. Sin embargo los conservadores son propensos al oscurantismo, al rechazar nuevos conocimientos bien substanciados, porque temen o les disgustan presuntas consecuencias de su aplicación.

Los conservadores, además de su desconfianza hacia lo nuevo, muestran hostilidad al internacionalismo y son proclives a un nacionalismo estridente. Parecen no reconocer que para las ideas que cambian a la civilización, no existen fronteras y que el desarrollo de dichas ideas es un proceso internacional. Una cosa es el patriotismo y otra el nacionalismo conservador al viejo estilo del liberalismo continental europeo derivado de la Revolución Francesa. Se puede ser un seguidor y fiel adepto de las tradiciones nacionales, sin ser un nacionalista recalcitrante.

Ante esa explicable simbiosis del crudo racionalismo socialista retrogrado y el misticismo conservador, que explica satisfactoriamente el porqué de los ataques al liberalismo por parte de los conservadores y socialistas, también se comprueba que al no tener ellos una alternativa a la economía de mercado, nuestros países estarán perdiendo el tiempo mientras están en el poder o en posiciones de influencia en la política económico-social del país. Por lo tanto, debemos ser escépticos, tanto de ese racionalismo (dado que nadie tiene todo el conocimiento, ni todas las respuestas a los problemas que aquejan a la sociedad y enfrentar con valentía esa ignorancia, admitiendo lo poco que sabemos) como del misticismo que implica sustituir la realidad con un Estado omnipotente o una fuerza sobrenatural. Sin embargo, debemos ser tolerantes con quienes así lo crean.

Las convicciones políticas que tengamos en lo individual, por profundas y respetables, no nos dan derecho a imponerlas sobre los demás y debemos distinguir lo que es de Dios y lo que es del César. Por todo lo anterior, yo tampoco soy conservador.

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