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viernes, 18 de febrero de 2011

Semana Global del Emprendimiento Ecuador 2010

Escribo estas líneas a escasos meses de cumplir un año desde que publiqué mi último artículo en esta bitácora, lo cual sucedió allá por abril del 2010. Realmente tenía muchas ganas de volver a compartir desde este espacio, mis opiniones respecto a lo que vivo, leo, miro y siento en el día a día.

Durante el tiempo en el que me mantuve alejado de este maravilloso ejercicio, viví una transformación personal y profesional sin precedentes. Hoy me enfocaré en el lado profesional.

A fines de mayo, me uní a una organización sin fines de lucro llamada Fundación Emprender, en calidad de Coordinador General para Ecuador de la Semana Global del Emprendimiento, un movimiento internacional de fomento a la cultura emprendedora presente en más de 100 países y territorios alrededor del mundo, de la cual Emprender es anfitriona para Ecuador desde el 2009, cuando en alianza con 12 organizaciones realizó 33 actividades relacionadas al emprendimiento (foros, seminarios, talleres, conferencias, entre otros) en todo el país.

Como Coordinador de este proyecto en 2010, viví una experiencia que me formó y sobretodo, me abrió muchísimas puertas a nivel nacional e internacional. En pocas palabras, mi trabajo consistía específicamente en impulsar, promover y coordinar la puesta en marcha de distintas actividades relacionadas al emprendimiento (entiéndase productivo, social, e incluso ambiental) durante una semana en noviembre, para lo cual junto al resto del equipo, se inició un trabajo arduo desde el mes de junio.

Fueron meses de agotadoras y muy exigentes jornadas, las cuales debía combinar con mis estudios (no puedo dejar de mencionar, que después de un enorme sacrificio y esfuerzo, dentro de muy poco tiempo me titularé como Ingeniero en Desarrollo de Negocios en la UCSG). Un día típico iniciaba a las 6 de la mañana, usualmente terminando pasadas las 11 de la noche, e incluso más de una vez por semana, recién podía buscar mi cama alrededor de la 1 de la madrugada. En el medio de todo: clases, gestiones, reuniones y sobre todo muchos, muchos viajes.

Recorrer el país fue sin duda alguna, el reto más interesante, exigente, agotador y sobretodo enriquecedor que haya vivido profesionalmente hasta hoy. Es imposible viajar por el Ecuador y no vivir una verdadera transformación, más aún si esta misión esta acompañada de metas específicas, así como del contacto permanente con distintas autoridades y personalidades del quehacer público, privado y académico de distintos rincones del país.

He aquí otra gran sorpresa: me encontré con muchos jóvenes (entiéndase menores de 35 años, con sus excepciones jeje), con quienes ocurrió una química profesional muy estimulante, precisamente porque compartíamos la misma pasión por el país y especialmente, el deseo de contribuir con el desarrollo del mismo. Jóvenes que se sumaron a esta gran iniciativa en ciudades como Guayaquil, Quito, Cuenca, Manta y Loja, quienes con su significativo aporte contribuyeron al éxito de la misma y se convirtieron en mis nuevos amigos.

Otro aspecto notable, fue integrarme a la red global de coordinadores de la Semana del Emprendimiento en todo el mundo, muchos de ellos también jóvenes. Tuve la oportunidad de conocer y aprender de líderes de países tan diversos como Estados Unidos, Inglaterra, Chile, Bolivia, Brasil, Colombia, Perú, España, China, Italia, entre otros.

Finalmente, gracias al trabajo conjunto de nuestro equipo en alianza con más de 40 organizaciones públicas, privadas y académicas a nivel nacional, pudimos entregarle al país una Semana del Emprendimiento donde se realizaron más de 95 eventos, contando con la participación de más de 17.000 ecuatorianos de todos los rincones del país, en su gran mayoría jóvenes. Muchos de ellos, con un enorme deseo de hacer realidad sus sueños a través del emprendimiento.

Así mismo, tuvimos el honor de contar con la presencia en calidad de expositores o panelistas de notables figuras del ámbito empresarial, académico y político nacional como Iván Vallejo, Pablo Lucio Paredes, Fernando Moncayo Castillo, Blasco Peñaherrera Padilla, César Robalino Gonzaga, Luis Fernando Torres, Luis Bakker, Gabriel Rovayo Vera, Carlos Andretta Schumacher, Augusto Barrera, entre otros.

Insisto: Nada de esto fue fácil. En realidad requirió de un enorme sacrificio y de jornadas que se extendieron hasta por 16 horas diarias, con altísimas exigencias y en donde los fines de semana y feriados se convertían muchas veces en una prolongación de las horas de oficina.

Hoy con absoluta certeza puedo decir que lo mejor está por venir. No tengo la menor duda de que el crecimiento alcanzado en 2010, le permitirá a la Semana del Emprendimiento lograr un dramático posicionamiento en 2011, ya que gracias a la experiencia, conocimiento y contactos adquiridos durante este 2010, tendremos todas las herramientas para gestar una Semana 2011 verdaderamente inspiradora para los jóvenes del Ecuador.

jueves, 29 de abril de 2010

Paseo por el Salado

Este último fin de semana tuve la oportunidad de subirme a una pequeña lancha por el Estero Salado. Parece mentira, pero aunque haya vivido toda mi vida en Guayaquil nunca me di un tiempo para conocer el brazo marino que cruza esta ciudad.

Hace mucho rato, la regeneración urbana le cambió la cara al Malecón del Salado, creándose un ambiente propicio para que nuevos atractivos turísticos le den una imagen renovada a la ciudad. Lo curioso del asunto es que, aunque paso por este lugar al menos una vez a la semana, nunca me había subido en uno de esos botes que están a tan pocos pasos del Puente El Velero.

Eran las 15h30 de un sábado con cielos cubiertos y temperatura agradable, con la imponente brisa característica del estero. ¡Cuánta calma! Por un instante, comencé a cuestionarme por qué no conocí antes a este lugar tan único. No valía la pena: tanta calma me absorbió por completo y lo único que pude hacer fue disfrutarla.

Así transcurrieron 45 minutos de paseo en buena compañía y con la guía de un remero experto, quien además de realizar su oficio con mucho entusiasmo, nos iba contando los secretos de este importante ícono guayaquileño, que en mi opinión ha sido olvidado por mi generación. Da la sensación de que el estero esta ahí, pero no lo hacemos nuestro. ¿Qué cosas, no?

Todo un lujo por un precio regalado: el alquiler del bote con hasta 6 pasajeros cuesta 4 dólares por cada 45 minutos (pudiendo tranquilamente duplicar ese tiempo) más 1.50 por los servicios del remero, con la opción de entregarle una propina.

¡Se los recomiendo!

jueves, 1 de abril de 2010

Un domingo pedaleando en Guayaquil

Este artículo fue escrito en octubre del 2009. Por cosas de la vida, no fue subido en aquel entonces. De todas formas, aquí está.

Tenía semanas dándole vueltas al asunto. Al principio, me invadía el temor pues no quería sufrir algún accidente y debía planificarlo de la mejor forma posible. Por más descabellado que fuere, sentía un impulso demasiado grande. Hasta que un buen día me animé: saldría desde Urdesa Norte (a la altura de la iglesia mormona) hasta mi casa en la vía a la costa pedaleando en mi bicicleta.

Me levanté un domingo a eso de las 7 de la mañana, desayuné algo ligero y me alisté para salir. Tomé la Rodrigo Chávez en sentido sur hacia el puente que conecta esta ciudadela con Kennedy Norte y pedaleé por la marginal del Salado (José Castillo) hasta la gasolinera Mobil de la Francisco de Orellana. ¡Qué placer, qué brisa! Muchos madrugadores al igual que yo, pedaleaban o trotaban por esta tranquila vía, a pocas cuadras de una avenida que puede ser tan caótica como la Orellana.

Giré por la Francisco de Orellana y avancé hasta San Marino. Después de un alto debido al semáforo, continué por la San Jorge hasta la Av. Delta junto a la Universidad de Guayaquil. Aquí el primer temor, pues la gran cantidad de buses que cruzan esta avenida me hicieron tener mucha más precaución mientras pedaleaba. Incluso un domingo tan temprano, pues es de conocimiento público que esta universidad tiene clases los fines de semana.

Avancé con cuidado hasta la Tungurahua y empecé a sentir el trajín del recorrido. Sin estado físico, tenía que dosificar mis energías y por lo tanto, sentía que era el momento de un descanso. Para mi sorpresa, los guardias del Malecón del Salado me impidieron entrar al sitio con mi bicicleta. ¡Qué absurdo! Sin embargo, después de una sencilla negociación con el guardia (ojo, no hubo coimas… estoy convencido de que todo se puede resolver hablando), este me permitió entrar a descansar con mi bicicleta con la condición de que no rodara dentro del parque. Muy a mi pesar, así tuve que hacerlo.

Después de sentarme un rato a descansar e hidratarme, decidí continuar con el trayecto. Tomé Lizardo García hasta la calle Aguirre y avancé hasta el puente El Velero, donde ratifiqué mi falta de estado físico, al sentir intenso dolor en las piernas al subir la pequeña loma del puente. Seguí por la Avenida Barcelona, donde pasé por la ciudadela Ferroviaria y la primera parte de Bellavista. Se venía otro puente, en este caso un paso a desnivel… ¿Iba a subirlo? ¡No! Preferí girar a pie a la altura de la gasolinera Terpel y continuar mi recorrido.

Pedaleando por la Barcelona, empecé a sentir como los buses pasaban a toda velocidad a menos de un metro de mi cabeza. Sentía un susto tremendo, pues no tenía casco ni protección alguna. Tenía que estar loco para hacer lo que hice. Y bueno, este loco empezó a sentir sed otra vez y decidió parar en la “Esnaqui del Ídolo”, esa famosa despensa junto al estadio a hidratarse otra vez. Por ser día de partido, ahí se encontraban (como no podía ser de otra manera) los vecinos del sector, todos barcelonistas, desayunándose unas buenas jabas de Pilsener. Mientras tanto, comencé a sentir muchas miradas encima de mí. A lo mejor se debía a que no era del barrio y mi presencia no era común. O al menos, eso yo pensaba en principio. ¡Pero que tonto, si andaba de azul! Así que para no ganarme gratis algunos enemigos mortales, tuve que sentarme bien lejos de esos hinchas a beber más agua, para luego seguir con mi recorrido.

Seguí hasta girar en la José Rodríguez Bonín, donde habían más buses pero también más semáforos. Sin sobresaltos, finalmente llegué al último y más peligroso tramo de la ruta: la Avenida del Bombero. No sólo buses y autos a toda velocidad, sino otra pendiente que me exigiría mayor esfuerzo. ¡Estaba completamente loco!

Mitad de la pendiente y de repente, comencé a marearme. Tuve que parar otra vez para beber más agua de nuevo y respirar profundo. Calmarme y tener claro que debía llegar a la meta. Tan cerca no había vuelta atrás.

Una vez más tranquilo, arranqué. La pendiente había quedado atrás y después de ella (casi entre el puente sobre la perimetral y el antiguo club del Banco del Pacífico) un muy relajante descenso. La norma dice que los ciclistas debemos situarnos al costado derecho de la vía. Por más que lo intentara, muchos buses que vienen a toda velocidad se sitúan en ese mismo carril para recoger pasajeros y girar hacia la Vía Perimetral. ¿Supervivencia? ¿Locura? Preferí ir a la izquierda, donde me sentí más seguro.

No obstante, volví a sentir esa sensación de autos a toda velocidad respirándome al costado. Sabía que duraría breves minutos, ya casi estaba llegando a la meta. Así fue, llegué a la intersección del semáforo antes de Puerto Azul y llegado mi turno, avancé hasta la “meta”. Tranquilamente entré por la puerta principal y le di la vuelta a la urbanización antes de llegar a mi casa.

Una vez al pie de ella, me desparramé del cansancio sobre la puerta. Me senté unos minutos, para luego entrar, guardar la bicicleta y beber más de un litro de agua. En total, me tomó hora y media el recorrido.

Definitivamente, tengo que volver a pedalear en grupo. ¡Estas locuras me pueden salir muy caras! Igual no me arrepiento y con mucha más precaución, lo volvería a hacer.

viernes, 26 de marzo de 2010

Hijos de la Burguesía

No hace mucho, durante una presentación de proyectos en la universidad, me ocurrió un incidente bastante desagradable con un compañero de aula, perteneciente a una de las familias más influyentes del país.

Al final del evento, los participantes del mismo fuimos invitados a posar para la foto del recuerdo. Este señor, en actitud prepotente, tuvo el arrebato de empujarme con la intención de impedirme el paso a la foto, ante lo cual, inmediatamente protesté. Sorprendido ante mi justo reclamo, este pobre ser humano no hizo más que escupir más prepotencia. ¡Tremendo! Cabría preguntarse: ¿Dónde queda el respeto hacia los demás? Y por supuesto también, ¿Dónde están las normas básicas de convivencia?

Debido a que tuve el privilegio de estudiar en reconocidos colegios (en uno jesuita, especialmente) y desde hace más de 10 años tengo la fortuna de vivir en una urbanización privada, he podido palpar en directo y conocer a fondo a la nueva generación light guayaquileña. Gracias a Dios, a pesar de haber vivido entre ellos tantos años, no comparto su esencia ni mucho menos sus valores.

Aunque nuestro “querido” presidente los llame Pelucones, yo prefiero denominarlos tal como lo que son: hijos de la burguesía. Becados de la vida que se criaron convencidos de estar por encima de la ley, gracias al poder del dinero y las influencias, en medio de prepotencia, soberbia, excesos, libertinaje e impunidad.

La mayoría son hijos de exitosos empresarios, políticos y profesionales quienes absorbidos por su trabajo encomiendan –sin querer– su crianza a niñeras, empleadas domésticas y hasta a choferes. Esta situación origina un crecimiento carente de cariño, el mismo que es recompensado a través de bienes materiales, lo cual a largo plazo termina creando un patrón material-afectivo que en algunos casos, los terminará acompañando por el resto de sus vidas.

Así mismo, van convirtiéndose en gente cabeza hueca con muy pocos valores morales y éticos, que muchas veces desconocen la amistad verdadera e ignoran por completo los pequeños detalles de la vida. Tienden a rodearse de gente con los mismos síntomas, formando círculos bastante cerrados y hasta cierto punto, impenetrables. Pero también, debido a su posición económica y social, no sería extraño observarlos rodeados de falsos amigos, quienes en realidad son adulones interesados (particularmente en mi universidad a esa clase de gente se la encuentra en abundancia… obsecuentes a más no poder, son una lástima). Además, tienen relaciones amorosas marcadas por la inestabilidad y el materialismo.

Se refugian en el bienestar y el placer de sus pequeñas burbujas, rodeados de comodidades y alejados completamente de la realidad. Es sin duda, un mundo de apariencias donde por ejemplo se premia socialmente el tener autos de lujo y enormes residencias, muchas veces teniendo poca importancia como fueron conseguidos esos bienes, es decir si se incurrió en prácticas corruptas, fraudulentas o ilícitas para conseguirlos.

Aunque estoy acostumbrado a convivir con estas situaciones casi a diario, hay casos que todavía no dejan de sorprenderme. ¡Llega un punto en que digo no más! Necesito escribirlo, compartirlo. Me veo en la necesidad de crear conciencia.

Es una pena ver el desperdicio de dinero, contactos y demás recursos de muchas estas personas: en lugar de vivir en la nebulosa pensando solamente en banalidades, podrían ser un aporte extraordinario de servicio a los demás. ¡Cuánto podrían ayudar a construir una mejor sociedad! Lamentablemente, son los últimos en enterarse de aquello.

viernes, 12 de febrero de 2010

Patada cívica

El día de ayer tuve la oportunidad de asistir a esa gran fiesta democrática (o patada cívica, como prefieran llamarle) que celebramos los guayaquileños, quienes hace varias semanas fuimos convocados por nuestro alcalde Jaime Nebot con el motivo de alzar nuestra protesta contra la injusta repartición presupuestaria desde el Gobierno Central.

No voy a negar que detesto las aglomeraciones y que me había resistido anteriormente a asistir a una de estas marchas, sin embargo esta fue por demás una ocasión especial: no tanto por el tema de las rentas que tanto se reclama desde la alcaldía, sino como un verdadero rechazo al ambiente de autoritarismo que se vive hoy en día en el país. Al menos, ese era el espíritu de la mayoría de los presentes en esta multitudinaria marcha.

Viví esta fiesta desde muy temprano, casi desde las 13.45 cuando un nutrido grupo de estudiantes de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil (UCSG) nos dirigimos desde el predio universitario hasta la Plaza Rodolfo Baquerizo Moreno, para avivar a los transeúntes a unirse a la marcha. Desde allí, emprendimos camino a pie hacia el Parque Centenario.

Una vez en el parque, opté por separarme del grupo y decidí aventurarme (créanme, el termino calza perfectamente) hacia la multitud que se situaba al pie de la tarima desde donde el bigotón pronunciaba su discurso. Usé un truco aparentemente sencillo, me dirigí hacia el Malecón por la calle Vélez y al llegar a la Plaza San Francisco corté camino por la vereda del Registro Civil (aquí sufrí múltiples empujones) hasta llegar a los bajos de la oficina de Iberia, en plena esquina de Malecón y 9 de Octubre. Pidiendo permiso, entre idas y vueltas, mezclándome entre los presentes, llegué a ubicarme prácticamente diagonal al alcalde y pude escuchar en directo, desde muy cerca su notable discurso: verdaderamente inspirador, como bien reflexionó una compañera de aula horas después del evento.

Una fiesta que se vivió sin violencia, ordenadamente y con un impresionante espíritu cívico que se podía respirar en las calles. La Metrovía funcionó de manera gratuita antes y después de la marcha, así que a eso de las 17.20 pude abordar un articulado en la estación de la Biblioteca Municipal y dirigirme a mi universidad sin ningún problema. ¿Hace 20 años esto hubiera sido posible? Definitivamente no, lo cual me hizo sentir orgulloso de vivir activamente mi ciudad. Un dato interesante, pues me atrevería a afirmar que los nacidos en la década del 70 no pudieron disfrutar (sí, disfrutar) de Guayaquil tanto como mi generación.

Entre tantas banderas, pancartas y camisetas, me llamaron mucho la atención el cartel contra Chávez, el sánduche gigante, el pulpo centralista, la cacerola vacía y el burro pintado de verde con el número 35. Ah, y también un cartel recordándole al dictador Rafael Correa el triste final de Eloy Alfaro: ojalá no se llegue a tanto.

La lucha recién comienza… ¡VIVA GUAYAQUIL!

PD: Revisen las excelentes galerías fotográficas preparadas por El Comercio y Hoy sobre el evento.

lunes, 18 de enero de 2010

Un tal Norman Wray

Era 2005, mi último año del colegio: con un grupo de compañeros fuimos invitados a participar de un foro intercolegial con un joven político quiteño, desconocido hasta entonces, un tal Norman Wray.

Decía ser miembro de Ruptura 25, aquellos (en su mayoría) brillantes muchachos que orquestaron un golpe de estado pacífico desde la sociedad civil contra el gobierno corrupto del dictócrata Lucio Gutiérrez.

Nos contaba que estaba recorriendo el país buscando ideas y propuestas de jóvenes de mi edad, pues según él, jóvenes como yo debíamos recibir un nuevo país en 10 años y por lo tanto, nosotros debíamos participar del “proceso de cambio”. Palabras dulces al oído de cualquier ecuatoriano en aquel entonces y mucho más para un muchachito de 17 años, como yo en esa época.

Su principal propuesta consistía en convocar a una consulta popular con el fin de preguntarle a los ecuatorianos si estábamos de acuerdo o no con la instauración de una Asamblea Nacional Constituyente, que reformara la institucionalidad del Estado y siente las bases de un país que necesitaba con urgencia insertarse en el mundo. Vuelvo y repito, una propuesta maravillosa para la mayoría de los ecuatorianos en aquel tiempo.

¿Cómo no iba a serlo? Con una institucionalidad llena de abusos de poder, corrupción, burocracia, nepotismo, piponazgo, secuestrada por partidos políticos y convertida en caldo de cultivo de la ineficiencia, esta propuesta calaba hondo en todos quienes la escuchábamos.

A la sazón, transcurrían días en los que el dictócrata recién había sido derrocado y Alfredo Palacio acababa de asumir el poder. Él denunciaba abiertamente la necesidad de “refundar” el país a través de una Asamblea Constituyente.

Por ese entonces, me imaginaba un estado menos burocrático, más pequeño y cercano a la gente. Imaginaba también un estado que intervenga lo menos posible en la economía, que genere un clima propicio para los negocios y la inversión privada, respetando las libertades individuales y brindando incentivos para los emprendedores… Todo eso quedo en sueños, los ecuatorianos ya conocemos el desenlace de esta historia: tiramos al tacho de la basura una oportunidad histórica para refundar el país.

En aquel foro, recuerdo haberle dicho a Norman Wray que soñaba con un país de paz. ¿Paz? ¡Qué muchachito tan ingenuo, qué risa!

Pues bien, hoy ni siquiera tenemos eso: ¿Cómo vamos a tener paz? Nos miramos de lejitos con nuestros hermanos colombianos, vivimos en medio de unos niveles de violencia nunca antes vistos, tenemos un desempleo feroz y somos víctimas de una política internacional vinculada a líderes autoritarios… Después de todo, creo que no fui tan ingenuo al sugerir que quería vivir en un país de paz.

En fin, casi 5 años después mientras reviso la prensa me encuentro con ese mismo joven quiteño, presente en la rueda de prensa en la cual Fander Falconí renunciaba a la Cancillería del Ecuador por discrepancias con Su Majestad Rafael I. Junto a él, se encontraban algunos de los más emblemáticos fundadores de Alianza PAIS y militantes de Ruptura 25.

Lo único que se me viene a la mente al verlos es… ¿Será este el país con el que ellos soñaban en 2005?

jueves, 14 de enero de 2010

El día que volví a nacer

Dentro de poco se van a cumplir 4 años de un terrible accidente en el que estuve involucrado, pudiendo tener consecuencias fatales. Gracias a Dios, estoy vivo y con plena salud para contarlo.

Lo recuerdo perfectamente, sucedió el 23 de enero del 2006, alrededor de las 12 PM a 3 días de la ceremonia en la que recibiría mi diploma de bachillerato. Me encontraba en el asiento del copiloto acompañando a Isaac Abramowicz, quien conducía un precioso Chevrolet Optra blanco con casi 6 meses de uso, el cual había sido su regalo de cumpleaños número 18.

Veníamos de lavar el auto en uno de esos huequitos del centro de la ciudad, donde por la módica suma de 3 dólares hacían un excelente trabajo, dejando al auto como nuevo por dentro y también por fuera. Nos dirigíamos hacia las calles Alejo Lascano y Av. Del Ejército, viniendo por esta avenida en sentido sur-norte, cuando de repente en la intersección con la calle Francisco de Marcos nos ocurrió un accidente bastante desafortunado: un camión fletero impacto en la ventana de Isaac, destrozando la carrocería del auto y su brazo izquierdo, además de ocasionarle varias cortadas debido a la rotura de los vidrios de su ventana. Yo en cambio, sufrí aquello que llaman el “efecto látigo”, en el cual mi cuerpo fue impulsado hacia adelante y de nuevo hacia atrás a toda velocidad en cuestión de segundos producto del impacto.

Ninguno usaba cinturón de seguridad, por lo que considero un milagro el hecho de no haber salido volando por el parabrisas delantero, mientras que a él, el airbag le sirvió de salvavidas. Inconsciente, lo único que recuerdo fue haber subido caminando a la ambulancia con el cuerpo bañado en sangre, mientras a mi acompañante lo subían en camilla. Una vez dentro, me facilitó su celular desde donde llamé a su papá y a mi tío Mario, para que estuvieran alerta a la situación.

Al llegar al hospital, mis padres estaban esperándonos. Jamás podré olvidar la cara de angustia de mi mamá y sus caricias de consuelo ante mi dolor apenas llegué. Casi enseguida, una enfermera procedió a hacerme unas preguntas para investigación, en la que se determinó que estuve entre 20-25 minutos inconsciente desde el impacto del camión hasta mi llegada a la casa de salud. Literalmente, fue pura adrenalina: no podría describir con palabras el intenso dolor físico y psicológico que sentía en ese instante y que me acompañaría por los próximos 2 días. Una verdadera pesadilla.

Esa misma tarde fui ingresado a cuidados intensivos donde me hicieron toda clase de análisis médicos y posteriormente durante la noche fui intervenido quirúrgicamente por el Dr. Jorge Sigua García. A la mañana siguiente, desperté viendo la noticia de mi accidente en todos los canales de televisión del país e incluso ocupando varias líneas en los diarios mas importantes de Guayaquil. Al ver la imagen del vehiculo destartalado por completo, comprendí que seguía vivo gracias a una intervención divina. No podía ser de otra manera.

Durante ese 24 recibí gran cantidad de visitas y llamados telefónicos de amigos, familiares y demás allegados. Tanto apoyo fue una inyección de ánimo incalculable, que me permitió comprender que tendría una pronta recuperación y al mismo tiempo, sería capaz de retomar mi vida más temprano que tarde.

Finalmente, el miércoles 25 antes del medio día fui dado de alta en silla de ruedas y con orden de reposo absoluto. Temía perderme mi graduación, sin embargo con mucho esfuerzo pude asistir a ella el jueves 26 a las 6 PM, donde recibí mi diploma de bachillerato y me tome las respectivas fotos andando de pie por mis propios medios; eso sí, acompañado de un molesto pero imprescindible cuello ortopédico. Después de eso, reposo obligado por varias semanas.

Solo hoy, 4 años después puedo asimilar la magnitud de lo sucedido y por eso, me tomé el tiempo de escribir este artículo. Una experiencia que me permitió descubrir que el sabio barbudo de allá arriba tenía y sigue teniendo muchos planes para mi, por lo tanto seguramente consideró que no era el momento de marcharme.

Pues si, así es la vida: podemos perderla en el instante menos esperado y de la manera mas imprevista.

Moraleja: ¡EL CINTURÓN DE SEGURIDAD SALVA VIDAS, ÚSALO SIEMPRE!

En memoria de Christiam Arturo Palacios Boloña. Paz en su tumba.

jueves, 7 de enero de 2010

Subdesarrollo en estado puro

Hacer uso del transporte público en Guayaquil es una auténtica experiencia del tercer mundo. La falta de cultura cívica, el irrespeto y la viveza criolla entre transportistas y pasajeros no son otra cosa sino subdesarrollo en estado puro.

El supuesto servicio, en realidad es un atropello y un verdadero atentado a la dignidad humana:
buses en mal estado e incómodos, con aspecto antihigiénico y en compañía de la infaltable música a todo volumen. Conducidos por choferes con pésima educación vial, quienes con su comportamiento grosero e irrespetuoso hacen caso omiso de las respectivas paradas de bus, dejando a los pasajeros “al vuelo” en cualquier esquina (en el mejor de los casos) o bien, en plena calle (como comúnmente suele suceder) sin medir el riesgo y los eventuales accidentes que esto puede ocasionar.

Si a esto se suma el
peligro inminente de la delincuencia, no resulta difícil imaginar el sistema verdaderamente caótico que tenemos que soportar los guayaquileños que andamos a pie.

La
Metrovia, inaugurada en julio del 2006, se presentó como una alternativa bastante interesante respecto al problema del transporte público. Pienso que es un sistema digno y justo, aunque en mi criterio muestra algunas deficiencias: la desinformación en cuanto a los horarios y frecuencias de las rutas alimentadoras, la eterna fila de los torniquetes al ingreso y también, de vez en cuando, los problemas técnicos que ocasionan que los articulados se detengan entre paradas por varios minutos, mientras van llenos de pasajeros.

Lamentablemente, aquellas actitudes enemigas del progreso como la falta de cultura cívica y la viveza criolla de los pasajeros aparecen aquí nuevamente, traducidas en empujones en las filas, casos de hurto al interior de los articulados y sobretodo en el irrespeto permanente a los asientos de color amarillo asignados exclusivamente a las personas de la tercera edad, mujeres embarazadas y discapacitados, cuando cualquier cristiano decide arbitrariamente ocupar estos asientos. Siendo realista, nuestra cultura popular es así y sin educación difícilmente cambiará.

Sin embargo, tengo la impresión de que el sistema puede mejorar mucho más. ¿Cómo? Sería bueno que el equipo directivo de la Metro tome como referencia al
TransMilenio de Bogotá y adopte algunos de sus procedimientos en cuanto a información de recorridos en la página web, puntualidad en las paradas y uso de tarjetas magnéticas al ingreso, que harían desaparecer las enormes filas fuera de las paradas a la espera del botoncito verde para cruzar el torniquete, entre otras recomendaciones.

Aprendiendo y adaptando las mejores prácticas de sistemas similares en otras partes del mundo, produciría un beneficio enorme en los usuarios de este servicio que debe ser fortalecido y mejorado. Esperemos que así sea.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Servicio al cliente en la banca ecuatoriana

Aunque joven, he tenido la oportunidad de ser cliente de 3 bancos ecuatorianos: Bolivariano, Pacífico y Produbanco, de los cuales me he llevado distintas experiencias en estos años.

Soy cliente del Banco Bolivariano hace 4 años, ahí fue donde abrí mi primera cuenta de ahorros cuando aún estudiaba el último año del colegio. Decidí confiar en esta institución debido a la gran cantidad de agencias que poseen por todo Guayaquil, además de su importante red de cajeros automáticos en toda la ciudad. Con valores agregados como la tarjeta Visa Electron y su estupenda banca electrónica (si uno se encuentra en Guayaquil, no existe una igual) el incentivo de trabajar con este banco no podía ser mejor.

Aunque sus servicios electrónicos están muy por encima de la competencia, no podría decir lo mismo de sus servicios en persona, los cuales andan de mal en peor: el trato de los cajeros y ejecutivos de servicios además de lento es cada vez más caótico. En los días previos a viajar a Bogotá, Colombia decidí no llevar efectivo en mis manos y manejarme solamente con la tarjeta Visa Electron de este banco. Para esto acudí a una agencia ubicada en el San Marino Shopping, donde el ejecutivo que me atendió me aseguró que mi tarjeta era internacional y que no debía preocuparme porque no tendría inconvenientes en usarla en cualquier parte del mundo.

¡Oh sorpresa! Ya en Bogotá, en la caja del supermercado Carrefour tuve que pasar un momento bastante incómodo ya que no pude utilizar mi tarjeta, pues esta se encontraba bloqueada para realizar transacciones en Colombia, Venezuela, Perú y Chile. ¿Cómo podía ser posible? ¡Un ejecutivo de servicios del Bolivariano me había asegurado que podía usarla tranquilamente en cualquier parte del mundo!

El calvario no terminó allí, pues llamé al banco en Ecuador, el mismo que se limitó a disculparse y entre excusas absurdas no me ofreció ninguna solución. Desde entonces, de más esta decir que utilizo lo menos posible los servicios de este banco.

En 2006, debido a que en ese entonces trabajé para una empresa del Grupo Financiero Banco del Pacífico, recibí una cuenta en este banco para que se acreditara mi sueldo de manera automática cada mes. Al ser un banco tan masivo, prefería utilizarlo lo menos posible. Luego de concluir mi trabajo para esta empresa, mi cuenta aquí estuvo prácticamente abandonada por años.

Con el reciente lanzamiento de su tarjeta MasterCard Debit, el Pacífico ha ofrecido un gran incentivo a sus clientes, otorgándoles una herramienta que verdaderamente hace sus consumos mucho más simples y seguros. Un incentivo que me hizo volver al Banco Banco.

Sin embargo, su banca electrónica podría ser mucho más útil si no fuese tan burocrática. Con esto, me refiero a lo complicado que resulta transferir fondos hacia cuentas de terceros en otros bancos o incluso hacia el mismo banco, pues se exige como prerrequisito registrar en la oficina de servicios bancarios todas las cuentas a las que deseemos hacer transferencias. ¡Incomprensible! Esto sería tan sencillo como habilitar un formulario en línea para poder ingresar esta información.

En contraste con los casos anteriores, soy cliente del Produbanco desde hace 1 año. Definitivamente otro nivel en servicios bancarios: verdadero servicio al cliente, pues tanto sus servicios electrónicos como presenciales son de notable calidad. A través de su subsidiaria Servipagos, es una institución que labora los 365 días del año, de lunes a viernes en horario extendido, mientras que durante los fines de semana y feriados es posible encontrarlos hasta las 15:00. ¡Nada mal! De hecho, al ser un banco con casa matriz en Quito, su red de oficinas y cajeros automáticos en Guayaquil se limita a sitios estratégicos.

En fin, parece que muchos bancos en Ecuador se han olvidado del retorno que ofrece un trato cálido y amable, pues salvo honrosas excepciones (una de ellas ilustrada aquí) la verdadera definición de servicio hace rato que escasea en la banca de nuestro país.

Por lo tanto, es necesario que los bancos ecuatorianos mejoren sus niveles de servicio y se enfoquen en ofrecer calidad a la par de la cantidad de servicios que ofertan a sus clientes. ¡Cuánto antes!

sábado, 24 de octubre de 2009

Ciclismo urbano en Guayaquil

Desde hace algún tiempo he querido postear un artículo sobre una actividad que vengo realizando hace algunos meses. Sinceramente, no sé por que no lo he hecho. ¡Que descuido!

Desde abril, asisto con regularidad a los paseos organizados por el Club de Ciclismo Ecuador Aventura.

Ellos organizan paseos en bicicleta los domingos por la mañana en Guayaquil, alternando recorridos. A veces hacia el Malecón, Pascuales o bien travesías cruzando la ciudad de norte a sur y viceversa, entre otras tantas.

También realizan excursiones fuera de la ciudad hacia Playas, Isidro Ayora o la famosa ruta Baños - Puyo.

Proximamente estaré publicando posts sobre mis paseos. Por ahora les dejo un par de posts de compañeros que también son parte de esta agrupación y algunas fotos para que puedan apreciar lo interesante de la misma.

"Desafío 50K - Guayaquil de punta a punta" de Diana Patiño

"Listo para el gran cambio" de Luis Vélez

Galería de Ecuador Aventura en Picasa

viernes, 18 de septiembre de 2009

Adolescencia, globalización, fútbol

Me acuerdo cuando estaba en el colegio, me parece que en cuarto curso y con un buen amigo también apasionado al fútbol nos dedicamos a analizar los partidos de la Libertadores y de la Champions League. Era el año 2003 y como buenos barcelonistas, nos ilusionábamos también con el equipo que había armado Leonardo Bohrer para pelear el título con Nacional, Emelec y Liga de Quito.

Al observar tanto fútbol internacional a diario, ambos descubrimos que compartíamos una curiosa y extraña afición por imitar a los relatores de cadenas de TV como ESPN y Fox Sports. Imitábamos a Mariano Closs, Luis Omar Tapia, Sebastián Vignolo, entre otros. “Ya comienzan 90 minutos del deportes más hermoso del mundo”, “Goool de Bocaaaa, Guiiiiisheeeermoooo la hizaaaaa”, “Esto no tiene nombre, dan Niembraaaa”, “Harry Potter y el toque para el Ángel de Madrid” y tantas otras frases que imitábamos. Jajajajajaja, que tiempos aquellos.

Hace unos días, recordando aquellos tiempos nos reíamos y al mismo tiempo admitíamos que aún observamos con detalle el relato de estos personajes. Ya no los imitamos, pero seguimos admirando su calidad para transmitir la emoción del fútbol.

¿Por qué lo menciono? Bueno, en el 2003 no había YouTube, la globalización no nos había devorado tanto como hoy y no teníamos la posibilidad de escuchar a otros relatores de distintos rincones de América Latina. No conocíamos a los de Televisa, Caracol o CDF, por citar algunos. No habíamos observado el talento de un Claudio Palma, Enrique Bermúdez o Javier Fernández. No sabíamos ni que existían.

No conocíamos el “Sambombazoooo”, ni la melodía del Gol Caracol para celebrar los goles de la selección Colombia, ni lo entretenido que podía ser el fútbol chileno en la voz de Palma.

¡Cuánta diversión nos perdimos! Jajajajajaja

Aquí les dejo algunos relatos.